Todo comenzó en Madrid hace diecisiete años, con un viaje a Roma realizado en los meses de verano por un grupo de Niños Ejemplares, provenientes del Estado Español. La idea era premiar su valor con un vuelo y visita a la Ciudad Eterna, desde la Temoral, dentro del cuadro de ocurrencias permitido y hasta insuflado por el nacional-catolicismo florreciente por aquel entonces como nunca, consolidación a lo que parecía del estadio perpetuo de posguerra.
La idea, como todo lo bueno de la época, viene de la ciudad de Madrid, alma mater de las grandes empresas; y muy concretamente de las antenas de su mismo nombre, conocida también por la de Cadena Ser, Ser o No Ser, Valiente Tontería. Es una época, algunos aún la recuerdan, de cadenas y medallas, de cintas y colgajos. La idea se le ocurre a Jorge Pelaez o es al menos Jorge Pelaez quien va todos los años con los niños al papa, acompañándole a las veces el francés Jean Michel, recogiendo el material gráfico y literario en álbumes perfectos Clara María, 91 de prefijo para la feriferia, 2328000. La cosa era perfecta: mediante una campaña de meses, se daba la matraca en todo el territorio machacado por las ondas, que es tanto como decir en todo el territorio estatal, llamado entonces nacoinal, no tanto para recopilar un haz de Vidas Ejemplares Desde el Comienzo, cuanto para provocarlas. Si echáramos una rápida ojeada a las fechas de los hechos portentososo de los más tarde celebérrimos o muy célebres cuando menos Niños de la Operación Plus Ultra, veríamos que coinciden con los meses inmediatamente anteriores a la selección de impars. Lo demás era facil: elegidos los encomiables, se pedían desde las antenas indigentes fotos y fotos de los lactantes, paquete de urgencia que se enviaba en bruto al Vaticano para que Pablo Sexto -¿por qué el Aposto de las Gentes tiene solo VI denomminados siendo como parece con Pedro el pilar, y un jovencito de suaves manera sy pluma enloquecida, Jon como Zabaleta de nombre, tiene ya XXIII? –para que Pablo Sexto repito –salió la palabra fatídica : repito significa pito en algún sentido magnificado, como redios apoyo y subrayado de dios: pero qué tiene que ver el pito con el Pablo si se ha sabido qu eno conoción más que varón y uno de ellos a lo que aseguran el duque sacerdote, no puedo ay confirmarlo porque la noticia ha sido tomada de los mentideros de la noche; los nombres de los amantes del milanés llegan con todo hasta Leganés- se mandaban digo las fotos en bruto a la bella, para que eligiera a capricho los más apetecibles; y éste y no otro criterio se siguió durante los quince años de su existencia para la selección de los afamados. La prnesa noticiaba unos encuentros públcios en las salas de audiencia de Castelgandolfo, pero la realidad era muy otra: los niños pasaban de entrada a las habitaciones papales, campeando por ellas a sus anchas, prestándose inocente aparentemente al juego del pederasta, pero dedicándose a fondo en realidad a la puntual recogida de datos para la posterior elaboración de unos planos subterráneos del conjunto castelgandolfo y romano; pues también se los llevó a Roma el milnao, no por su gusto a fe sino por una serie de imperceptibles conflictos surgidos en la villa de recreo, justamente tiene gracia la cosa los días siguientes a la arribada de los prodigio. Lo que sucedía en realidad era unas broncas de la virgen, provocadas por los capullos de turno con el desflorado, los capullos que no y la flor vestida de blanco que sí, y así hasta el traslado a Roma; nada de bulo: la verdá. Lo que en realidad pretendían los enanos fustigadores era completar el dossier, comenzado escrupulosamente el año 62, encaminado no a otra cosa por supuesto como lo habrá adivinado claro naturalmente no faltaba más el lector, sino a la consecución del secuestro papal, un golpe de audacia realizado por los núbiles diciesiete años después, que patentizara, que mostrara con diáfana claridad al mundo que sí eran en efecto Los Mejores Niños De Europa, como les piropeara el italiano.
El trabajo fué ímprobo, el golpe debía ser sonado no solo por la persona a secuestrar sino por su escenario, la Roma de los Césares y los Papas, césares ya no quedan, papas todavía sí. Un trabajo abrumador, pues el Montini se emperraba en arrastralos a Castelgandolfo, lejos de la suspicacia curial, curada de espanto por más que se diga, como se sabe, “mejor en Castelgandolfo, Jesusito” le decía al Aguirre, comisario de música sin duda ya “mejor en Casgandolfo”. Sólo en tres ocasiones se salieron los capullos con la suya, pero fueron suficientes: bastaron tres estancias en el complejo vaticano para traerse a Madrid la documentación deseada. Encandilaron a la paloma con la excusa del escondite; le hacían diabluras sin cuento los ejemplares: un día contó hasta quincemil en lugar de mil con los ojos vendados; fué el día clave de la toma de las Grutas Vaticanas: se le escaparon los chiquillos en el interior hacia abjo y los siguió enloquecido y era tarde: los chiquillos habían sacado a los planos de memoria de la entrada y de las puertas del Banco y del Museo Ultimo Y Verdadero; llegó el viajero de la paz con un palmo de lengua y, después de tocarlos a todos, dispersos ya por el dédalo inextrincable, y como no hubiera terminado la tarea, lo convencieron como solo el candor de un niño sabe par aque inciara el A La Una Saltaba La Mula; y así engañado, lo llevaron hasta la salida, último objetivo del día. Tuvieron que cambiar el juego, que no dominaba, qué va, ni de lejos, el anciano, saltando todos sobre los hombres –qué gusto aquellas manecitas pellizcando las débiles por tanto peso de responabilidades espladas- y haciéndole saltar a él al final, aun sin haberle rozado y por lo tanto perdido; y así se alargaba la cosa por los corredores hasta la salida.
Fueron quince años de estudio y pericia; supieron con el tiempo todos los caprichos todos del representante y cabeza visible: la mejilla más solicitada por las manos augustas, que era la derecha; la demora de la mano en la mejilla y el paso casi inconsciente hacia el cuello o papadita infantil, más rica, lo sabían bien, cuanto más rellenita; los miedos, no siempre vencidos, de bajar a zonas menos significadas, com oel hombro, y desde él a los pechitos y desde ellos al culito. Del culito no saltaba nunca a la pollita la blanca palomita, sino a la rodilla y morcillita de la pierna, en la que se plantaba pensativo, un plante imperceptible, de fracciones de segundo quizás pero plante al fin, en el que se libraba la batalla final de la que siempre salía vencedor; subiendo a continuación con mucha monería la mano anillada hacia el centro de la cosa ya sin reparo e incluso, las más de las veces, con desenvoltura. El rito era invariable en la recta final: unas palmaditas nerviosas en la entrepierna, como quitándole importancia a la cosa; unas primeras inspecciones, desde el interior de los muslitos, oculta ya la mano en la garrita del pantalón, hasta los botoncillos primero y el badajillo después. Bueno, eso del badajillo es un eufemismo: los elegidos de entre los arredrados eran niñines a los que apuntaba el bigote: fué un trauma que estuvo a punto de enloquecer a la curia el día que se extendió la Operación a otros reinos no hispánicos, siempre sin salirse del área europea, sabido es, en efecto, que los pueblos del Norte aj son lampiños o rubillos cuando menos, y se hacía dificilísimo por el escaso bello comprobar la fuerza y aun tamaño de su aparatito con ampliaciones fotográficas complicadísimas, a expensas siempre del herario apostólico; recuérdese en efecto el ritmo que por aquel entonces tomó la emisión de sellos vaticanos, agotadas ya las bulas y las bendiciones.
Fué un plan de trabajo perfecto, y a digo; de quince años consecutivos completos; primero para contentar de tal modo al pederasta que perdiera el conocimiento en los ritos de iniciación, y aprovechar el desvanecimiento para el levantamiento de planos; y luego para convencer al anciano, empeñado en jugar con ellos en los bosquecillos de Castelgandolfo, de que lo mejor era la biblioteca privada del Vaticano “lejos –decía el de Aranjuez- de las miradas de los jardineros”. Los trabajos ocuparon tanto al grupo, que para cuando completaron los planos estaba ya txotxo el anciano. Las discusiones del año dieciseisavo, con el trabajo prácticamente acabado, fueron tan violentas, que escindieron el grupo en dos: los que querían dar el golpe sin más demora y los que querían demorarlo: “lo cogemos y qué- decía el de Alcañiz- a quién le interesa ese pellejo”. Pero no hubo necesidad de nada: el hombre perdió la memoria y olvidó a los niños aquel año. Al año siguiente murió el huesped de Fátima, pero ya estaban los planos en casa. El quele siguió fué envenenado por la curia más conservadora, que cometió el error, por eso lo supe, de poner en sus manos, una vez consumados los hechos, un ejemplar del Kempis. Craso error, irreparable error: el papa Luciani dejó la lectura espiritual en tercero de latín, costándole la decisión undisgusto mayúsculo con su padre espiritual; el papa Luciani, de todos es sabido, pasaba lo últimos momentos del día entretenido con el consultorio de Elena Francis, que llevaba directamente desde su fundación; haciendo la traducción al italiano, pues nunca consintió memorizar el hispano el veneciano, un tío carnal con puesto de pájaros y flores en Las Ramblas, una de cuyas hijas, militante del Psuc, casó más tarde con un primo hermano de Unzurrunzaga, exigiendo a cambio la muy zorra, lo supe ayer, que pasaran por delante del puesto los txuntxurros de Ituren, que le sublivellan, razón por la cual Jongurutze organizó a finales del 79 el Primer Festival Euskaldun en la capital del condado.
Bien, la muerte de Juan Sin Tierra cogió al grupo de Antiguos Alumnos de la Operación Plus Ultra en la primera reunión para el objetivo final, y allí siguieron trabajando a marchas forzadas para el golpe augusto, no fuera que lo fueran de nuevo a envenenar. Hubo que poner nombre a la tercera y última, por aquello de que no hay dos sin tres y de que a la tercera va la vencida, y fué el de Operación Polanski. No había tiempo para investigar las apetencias sexuales del polaco y se resolvió la cosa en un ambiente de praxis próximo al de la Moncloa, o si se prefiere al de la Compañía, eligiendo personal plural: cinco caritas guapas por si había apetencia de hembra, y cinco morroskitos por si de macho; más una representación multinacional con hemafroditas y ambidiestros de diversos lugares del planeta. Chinos no, chinos nunca. Los meses que mediaron entre la ascensión al solio y las primeras nieves fueron de jornadas intensivas de trabajo, con prohibición de tle y mucho más de plaza de Oriente –qué mañana de color aquella- “Oriente para los orientales” decía con un gesto rotundo de su manecita el de Caparroso, cerrando a continuación “aquí, a lo qu-himos venido”.
El relanzamiento de la campaña
es de todos conocido: Suarez temió al principo que con la Operación
volviera la añoranza de los ollas y las cebollas, que repetía
en un alarde de erudición bíblica; pero pensó
enseguida que el remozamiento de la Operación sería un símbolo
del remozamiento de su Gabinete, y signo sobre todo de audacia y afianzamiento,
como la otra llamada Galaxia, montada a medias con el directo de El País;
paissss. Llegaron al Vaticano; esperaron a que volviera el templado de
sus devaneos por Jalisco; volvió; se metió con los amorcillos
en su biblioteca privada; y fué entonces cuando, retirando el de
Caparroso con su piececito derecho la pesada alfombra que cubría
el rincón de la mesa, apareció bajo el grosor de un orificio