Lo bajaron sin prisas por los conocidos corredores y allí fueron acomodando la vista del recién llegado a la nueva realidad: “mira, mira –le decía el de Caparroso, abriendo de un puntapié la puerta del Banco-: acciones del Casino de Montecarlo, de una empresa canadiense de anticonceptivos; dos mil quinientos millones de dólares para siete mil clientes italianos –lo había leído todo el 1 de octubre en El País, que lo había leído a su vez el 25 de septiembre en el Newsweek- temerosos del comunismo, del terrorismo y de la lira”, y tomando aliento al tiempo que memorizaba “esto es el Instituto Per Le Opere Di Religione de los cojones, esto es la Iglesia de Cristo que tú encabezas; y ni un marco, ni una libra, ni un mal franco: todo en acciones nominales inexpugnables e incombustiles”; “y mira esto –continuaba llevándole de mala manera de la manga, empujándole o haciéndole entrar de bruces en el Museo Ultimo Y Verdadero- aquí tienes la verdadera Pietá, no la de arriba con la nariz arreglada ¿creías acaso que se engañaba tan facilmente al Vaticano? ¿creías que la curia iba a exponer tan alegremente al personal peregrino zafio de suyo y bárbaro es decir no italiano, nuestras obras de arte?” Todo estaba allí: las furias y sibilas de los tímpanos, arrancadas sibilinamente nunca mejor puesta la redundancia por expertos fenicios llegados del Museo de Arte Románico de Cataluña por las noches, mientras Gaspar Montes Iturrioz iba repintando lo despintado. Y así todo: el fresco gigantesco del Ultimo Juicio, también de Gaspar; un retoño del Arbol de Gernika, transplantado urgentemnete por Josemiguel Barandiarán la noche del 17 de julio del 36, que no la pasó como gusta contarlo con Aranzadi en Iciar exhumando el cráneo primigenio, sino en un avión fletado por Pio XII –qué sudores los del de Ataun con el retoño en brazos y aquellos trikitreos del avión- que las quería todas consigo.
Eran más de las 4 y no amanecía
Dios, cuando los enanos saltarines terminaron de acomodar al augusto en
el cesto. Lo trasladaron con ojo al autobús que a la salida por
nadie más que por ellos conocida esperaba, y lo llevaron con calma
etarra por las frís calzadas que terminan en Fiumicino. Dormía
el guarda el sueño de lo sjustos, y dió paso sin inspección
a los infantes “belli, bellissimi ragazzi d’Espagna” decía soñoliento,
mientras daba paso a lo inaudito. Metieron el precioso rehén en
la carlinga, mientras los corajudos rompían enfebrecidos botellas
y más botellas de txakolí de Guetaria; y, una vez sobrevolada
la eterna y, conteniendo como Dios le dió a entender el hipo el
de Caparroso, cogió el micro con la izquierda –la derecha ocupada
como siempre en sus libaciones- y dijo aquellas palabras que dejaron helado
al mundo: “el papa está en nuestras manos; nos dirigimos con él
al área mariana aeropuerta más próxima a Euskadi:
nos llevamos al papa a Lourdes”.
(Continuará)
EL AGUIRRE