Nos encontramos con un personaje histórico que vivió en una triple esquizofrenia: el mundo y las relaciones con su familia y entorno social más natural e inmediato, donde nadie concoía ni notaba nada extraño al hombre que, sin embargo, en otras horas del día, se transformaba absolutamente. Para muchos de nosotros, las horas de clandestinidad política, mundo cerrado y de doble vida, son más o menos conocidas. Flor de Otoño era libertario y en ese sentido, junto con sus actividades de abogado de sindicalistas y conspirador armado contra la dictadura, vivía todavía otro mundo. Y he aquí el interés del personaje. En las horas nocturnas, el joven de familia rica, el abogado libertario se transfiguraba precisamente en Flor de Otoño, un travesti que actuaba en público, en el papel de mujer cupletera. En el famosísimo y cenetero barrio chino de Barcelona, Flor de Otoño vive y asume el descubrimiento de la mujer de su vida. Es decir, él mismo incluso con un cierto grado de prostitución homosexual además de las relaciones hamponas del barrio donde se mezclaban política libertaria con delincuencia.
Tres mundos que se inician por separados, que terminan juntándose y por eso, acaban matando a Flor de Otoño y sus compañeros, la madre, como representante más visible del entorno social, insiste en pasarse al estado de los locos y finalmente el resto de los mundos también deciden seguir a su aire.
Vieja historia ésta de la separación de universos donde, en ocasiones tan interesantemente como en esta historia, hay individuos que consienten en vivirlos muy conscientemente. Unos hechos que se nos dice que fueron reales, en los añso 20 en Barcelona. En pocas pinceladas, el Director Olea nos sitúa bastante bien en las características generales de la época tal y como se vivió en Barcelona.
Es cierto que el Director no insiste demasiado en esto. Muy poco pero suficiente, en lo que se refiere a su familia, salvo que la madre es un poco pelma, frena la carencia de dramatismo del que hablaremos luego un poco más. Insiste en el ambiente homosexual, pero es obvio por ser la parte más significativa. Está bien tratado el tema. No es espectacular y se entiende cuando se ha buscado a un actor que tenía un buen trabajo con la representación en el conjutno de las tres esquizofrenias. Y Sacristán lo hace dignamente. Al fin y al cabo, Olea habrá tenido que basarse en datos reales. Y a un homosexual del calibre de Flor de Otoño, lo de menos sería la mayor o menor calidad interpretativa de cupletera en el teatrillo donde actuaba, en la Barcelona de la CNT y los pistoleros de la patronal, verdaderos pioneros de la extrema derecha fascista.
El verdadero interés de ésta película, desde un punto de vista argumental, es la seriedad con la que Olea y su equipo ha tratado de transmitir LA CONSCIENCIA con la que Flor de otoño vie cada uno de “sus mundos”. Esto es la repera y es, sin duda, el valor principal para levar a la pantalla la triste memoria, llena de multitud de anécdotas a través de las cuales un directo poco escrupuloso podía haberse ido por la tangente.
Joven rico, abogado sindicalista, conspirador libertario contra la dictadura, detenido y ejecutado. Suficiente para un buen trabajo cinematográfico e incluso literario. Por ello, hay que felicitarse que Olea no pierda interés por ninguna de las vidas reales que padeció Flor de Otoño.
Sin embargo hay algo que Olea no ha conseguido. Es darle el dramatismo que necesariamente tuvo aquella vida. Pasa la película delante nustro y no logra introducirnos en la violencia, en la profundidad de aquellos mundos, y pienso que desde el sexual mejor. Olea tenía que haber planteado un tratamiento más duro, más agresivamente humano. A la película le falta toda esa serie de, o algunas de, las escenas eróticas que tanto nos regala otro tipo de cine con peor factura, para descubrirnos la profundidad de los planteamientos amorosos del personaje. Pero es más. El barrio chino era infinitamente más violento y duro de lo que aparece en la película. Los atracos, las relaciones de prostitución, la amistad entre los tres “compañeros” pasan con un ritmo que no logra poner en escena las contradicciones de la situación. Se pasa de un mundo a otro, en la película, con monotonía, con un mismo tono como de no querer molestar. Y eso no pudo ser así. Le falta gancho, arrastre. Y algún diálogo oportunista sobre el terrorismo, que va de regaliz. Porque es casi, el único diálogo político salvando el facilón que tiene con su familia de propietarios industriales.
Aquí falla la película. Aquí se puede demostrar, de cómo realizar una película es presentar al espectador una sucesión de escenas, de música, de diálogos e interpretaciones que componen la hora y media capaz de ponernos enfrente no solo de las características generales de las tres esquizofrenias de Flor de Otoño, que esto ya lo consigue Olea, sino de las contradicciones. Que es lo que no logra. No es un intento frustrado ésta película. Es simplemente una cobardía que evita que esta cinta no haya sido un peliculón.
GARIKOITS ZABALA
SORGIÑ KOTXA
En las Praderas Eternas del Rey –donde pastan codo a codo el buffalo y Martín Ferrand- y a pesar de ciertas disposiciones no se sabe si vigentes aún, o en estado de allatejodas oficial, se realiza día a día, con terquedad que maravilla e inquieta, la apología de la priba. Se proclamaron con atambores, atabales, txistu soprano y txapas electrónicas ciertas leyes y pragmáticas que elevaban el precio de la publialcohólica y que la limitaban a horarios tardíos y noctámbulos. Las buenas gentes de la tribu, entre lingotazo y lingotazo, aprobaban con el mentón. Pero poco a poco se retornó a esa manipulación de las voluntades a base de publicidad de dudosa ética que ensambla en los subconscientes y en los conscientes –la tribu en cuestión suele ser cínica para no sucumbir- los conceptos de copazo y polvete, de triunfo y agua de fuego, de optimismo y tajada. A la tribu la están sobornando, la están pignorando la voluntad con el agua de fuego que permita ir alegre por la vida a pesar del despotismo patronal, de la tarea alienante, del sueldo mezquino, del paro perentorio, del desahucio tocándonos con su dedo gélido en la espina dorsal. A través de los portavoces mitológicos de las Praderas Eternas del Rey, los mercaderes británico-andaluces predican el agua de fuego contra la bravura de nuestros bravos, la potencia de nuestros gudaris PS –Políticos-Sementales- y la rebelión a tiempo. Le están enseñando al obrero a desalienarse con la alienación del café completo, del txikito y de la patxarra social. Lo llevan haciendo años y años, y nadie alza un dedo. Alguna voz que otra ha rezongado: pero pertenecía a la oposición pagada, y sonaba aguardentosa. En las Praderas Eternas del Rey –inhibiéndose sus farautes y mandamases porque la publicidad es libre dentro de la legalidad vigente- se elabora desde sus inicios una campaña de imbecilización mucho más grave que la meramente literaria o esópica de sus plúmbeos y aniquilantes programas: la campaña continua del agua de fuego. Somos los perros salivantes no de Pavlov, sino de Terry y Osborne. La fábula de los cheyenes y pies negros estupidizados a base de whisky colonizador es más que expresiva. Para más inri, en la Praderas Eternas del Rey, y pese a que se han registrado las retransmsiones en directo –restringir es suprimir- desde nuestros campos de fútbol de Euskadi, han llevado al programa de Iñigo con afrentoso sarcasmo a una tribu doméstica llamda de los Pompoxos, paradigma y muestra de lo que debe ser un pueblo bien gastronomizado y con los sesos insuflados de sana alegría, tintorro y cosmogonías digestivas. Somos los Pompoxos. La tribu embrutecida por la guerra bioquímica emprendida por los señoritos de la cepa y la cuba. Ese es nuestro espejo de feria para que lo contemplen el resto de los Pueblos Ibéricos. Los Pompoxos. Con agravios como éste, raro será que algún día nos fumemos en las Praderas Eternas del Rey ese mítico y castigado –aunque mil veces más inofensivo- porro de la paz. Los Pompoxos y el agua de fuego: premeditación de genocidio.
HIRIJAUN
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