“Ay, ay qué pena, ay cómo
sufriste pa pagar por nuestros pecaos”
“Perdónanos nuestros pecados
y líbranos del uego del infierno. Ten piedad sobre todo de quienes
más necesitadas están de tu infinita misericordia”...
La incesante cantinela parece surgir
del mismo sepulcro de Cristo. En todo caso, viene de ahí dentro,
de alguna parte recóndita bajo los faldamentos del Nazareno. Las
putas, apiñadas en los balcones, apretadas unas junto a otras en
las aceras, se santiguan y clavan la rodilla en tierra al paso de la imagen
sufriente, maniatada, tétrica, erguida en su altar de flores –este
año, rojas, blancas y verdes-.
“Santa Virgen de las Vírgenes,
madre purísima,
madre castísima”,
sigue diciendo la cinta magnetofónica
oculta bajo el “paso”. “Ruega por nosotros”, contesta el pelotón
de beatas redentoras, bien apretadicas detrás del Nazareno, por
si las moscas.
Cuando el Cristo sufriente y su suite
de señoras de fuste –acompañadas de algún que otro
caballero decente- cruzan el puente de Cantalojas, en la noche del lunes
de Pasión, el barrio del pecado lleva y aparalizado más de
una hora por el desfile de los capirotes de las distintas cofradías
bilbaínas: la “Vera Cruz”, la de la Pasión, la de la Merced,
la de Las Palmas, la de Begoña, peneuvista de toda la vida, la de
los Jesuítas, la de los Escolapios, etc. etc.
Clientes, alcahuetas, macarras, prostitutas
y protitutos han abandonado los clubs –se suone que también las
camas- y se han echado a la calle y al balcón en atuendo de trabajo.
¡Ran, rataplán, taplán,
plan, retaplán! A ritmo de cajas destempladas, -en señal
de duelo- escandalizando las maltrechas calles a golpe de trompeta, capirotas
y capirotitos –los hay de menos de cinco años- marchas al paso.
Cientos de encapuchados rojos, blancos, morados, negros -¿cuántos
de ellos habituales de La Palanca’- buscan su camino en la calle de las
Cortes a la luz de sus cirios. Los más penitentes van descalzos,
y los hay que extreman el fervor hasta el punto de arrastrar cadenas, que
de vez en cuando se enganchan las condenadas en las piedras de la calzada.
Todos miran obsesivamente al frente.
Las espectadoras les miran directamente a los ojos al pasar, con una mezcla
de curiosidad malévola, miedo y provocación. A un chavalillo
encapuchado se le apaga el cirio a la altura del “Gato Negro”. Una joven
puta se precipita a arrebatarle el mechero a su chulo y se lo enciende
sin mediar palabra. Un poco más lejos, otra habitante del barrio
–menos mona y menos joven- enciende en plan pasota su cigarro en el cirio
de otro capirote.
Pero atención, se acerca el
Nazareno, precedido por una vieja descalza que los organizadores de la
procesión no sabían dónde meter. Las mujeres de la
vida dejan de parlotear y se arrodillan en el balcón, al pie de
la ventan, encima de las piedras de la calle... Todo cristo se santigua,
menos algún que otro chulo, que por algo lo es. A uno,su moza le
hace la señal de la cruz ella misma, por si acaso.
“Perdona sobre todo a las más
necesitadas de tu divina misericordia”, sigue salmodiando el disco. “Dios
te salve María”, reza el tropel de redentoras, que lanzan furtivas
miradas a derecha e izquierda, temiendo ver por ahí vaya usted a
saber a quién...
Una lluvia de pétalos de flores
saluda la entrada en Las Cortes del Cristo coronado de espinas. Las alcahuetas
se deben de haber pasado la tarde desgranando claveles. Pétalos
y más pétalos caen sobre la imagne, mientras avanza por la
vieja cuna de la prostitución y el socialismo bilbaínos.
El Nazareno deja atrás el “Gato Negro”, el “Club 34”, “El Pajar”
–que, por cierto, recuperan su actividad en cuanto el Cristo les da la
espalda, coño, que el rollo dura ya más de una hora y hay
que ganarse el cocido- y, de repente, se oye una saeta:
“Ay, ay qué pena, ay cómo
sufriste
pa pagar por nuestros pecados”.
El Nazareno se para mientras la vieja
prostituta –fellinesca- llena la calle con sus lamentos. Más lejos,
otra mujer desgrana uan nueva saeta desde su balcón, y los capirotes
que llevan el “paso” se detienen de nuevo, agradecidos, porque la calle
va en cuesta.
No hay más saeta, ni más
pausas. El Nazareno ya no se detiene, como antaño, junto a la Palanca
para echar una salve. Y ninguna puta se lanza de rodillas ante el Cristo
para gritarle llorando su arrepentimiento. “Ya no hay devoción”,
parecen decirse las más viejas y los curas que presiden las diferentes
cofradías.
Antes, la procesión del Perdón
atraía a una multitud de devotas señoras decentes, las cofradías
se volcaban y le barrio vivía una auténtica noche de juicio
final. Se acabó el rollO. El pasado lunes de pasión las Cortes
habían recuperado su trajín de todas las noches apenas el
Nazareno doblaba la esquina con San Francisco.
Los tambores y las trompetas prosiguieron
con su escandalera por la calle San Francisco –desierta- y los cientos
de encapuchados se volvieron con sus cirios hacia la Quinta Parroquia,
ahí cerca, en Hurtado de Amézaga, de donde habían
salido un par de horas antes. Hasta el año que viene.
KOMANDO SEISTETAS