LA PERFIDA ESTHETICIENNE O AVATARES DE UNA LIMPIEZA DE CUTIS

Me metió en la sauna para abrirme me dijo los poros de la cara, y al cabo de una eternidad de infierno, quemadas las entrañas y ahogado el espíritu entre paredes de fuego y de madera, me tendió en una cama como si me fuera a intervenir; ella en bata vede y yo sólo en el quirófano, con aquella luz alta en el techo de madera y aquellas estanterías de toallas y braslips. Así tendido en la cama de tablas, púdicamente cubiertas mis partes con una toalla de baño, me cubrió la cabeza con un gorrito negro de puntillas de abuelita de Caperucita, regándome antes de nada la cara con un pulverizador para que penetrara bien –me instruía- en el interior de mi piel, desaparecieran las células muertas, fueran tonificadas las vivas, quedara la piel bien regada, que es lo que necesitaba; y tensáranse en fin y fortaleciéranse los músculos faciales.

Al principio el agua penetraba en la piel en tierra de secano, y era de ver cómo la fina lluvia quedaba absorbida sin dar lugar a que una sola de las gotas rodara por las mejillas; mas a no tardar la cara del eximio estaba hinchada de agua com ovientre de preñada, comenzando así a llorar fino sirimiri, gotas que se daban alegres las manos con otras que de sus propios ojos salían, para descabezarse alborozadas por el tobogán resbaladizo de sus carrillos; para embadurnarle acto seguido con ingentes cantidades de crema, como si tras el riego viniera el abono en un ritmo contrario al del agricultor.

Mas aquello era solo el comienzo: vino enseguida la acción de extirparme las grasas; era la mía –me informó- una piel mixta, es decir, ni grasa ni seca, y se curvó sobre el indefenso para propinarle o por mejor decir comenzar a propinarle atroces pellizcos en la nariz, como si las grasas fueran bolsas o granos quizás y las reventara a base de atroces pellizcos con clinex y alcohol para evitar la infección; la nariz antes que nada y enseguida los mofletes y sólo más tarde el valle o hendidura que se abre entre los mofletes y la nariz; “en los lados tiene flaccidez”; ya para no asustarme “un poquito”; y viendo que me caían grandes lágrimas de los ojos, no tanto por el cercano alcohól cuanto por los despiadados empellones de sus dedos, “y tiene la piel muy sensible”.

Nada debe extrañar por lo tanto que el siguiente movimiento del cirujano fuera un masaje con luz queda y reugo de relajamiento, una gran capa de nieve en aluvión sobre la piel apaleada, tónico dijo de naranja sin alcohol; añadiendo “los hay de limon, de manzan, de castaña y de azahar”; rematando “los de azahar son carísimos”. Masaje de acariciar, tras los empellones que nunca le perdonará el paciente, la barbila o la papada que denota los primeros síntomas de madurez; pasando sin más a unos cachetitos, como si hubiera adivinado los primeros movimientos de la líbido y los quisiera fustigar; cachetitos en la cara y cosquillitas en los labios, abuuuu abuuuu abuuuu abuuuuu como cuando los niños se pasan los cinco dedos seguidos por los labios comenzando por el meñique abuuuu abuuuu abuuuu abuuuu, hasta desaparecer de la faz del postrado todo rastro de crema, tan generosamente impartida minutos atrás.

Qué fueron aquellas manos sobre aquella faz, aquellos toques maternales, aquel pasar y repasar de su mano ladina por la flaccida orografía del sublime, y dar saltitos con las yemas de los dedos por sus altos y sus valles, saltitos y carreritas que herían de blanduras su cara como los fuegos de artificio el firmamento negro de la noche, o los pasos de los pájaros el manto callado de la nieve.

No hubo tiempo para la estructuración del morbo, ni mucho menos, claro, para su realización: terminado de modo súbito el masaje, se me anunció con todas las letras la llegada de la mascarilla, palabra terrorífica de trance d einmortalidad de cara fija para siempre de Iñigo de Loyola por ejemplo o mejor quizás del sordo de bonn: una cantidad en realidad desusada de crema –toda nueva intervención de la diábolica se resolvía en una cantidad desusada de crema- tras la que puso algodones húmedos sobre los ojos del atónito, apagó la luz aunque ya reinaba en él la oscuridad, ordenando drástica absoluto relajamiento: “no mueva para nada la cara, ni se ría, ni nada”; dejando solo al que se sentía morir sobre el lecho de tablas y ceguera total; tendido a todo lo largo de su corpórea extensión, las piernas paralelas, la toalla como falda egipcia para mayor aproximación al modelo, la mano sobre la mano y ambas sobre el pecho como el espectro dorado de Tutankamen.

Y era tal, por contradictorio que parezca, la placidez de la postura, la imposibilidad de distracción con las formas, y la tibieza general del ambiente, que me dormí al costado de Egipto primero y de Grecia después. Hsta que algo comenzó a moverse en mi mejilla, manso pero imparable, viniendo a sacarme de golpe de mi ensoñación: un como glaciar imperceptible en su avance pero cierto sobre la montaña paralizada de mi mejilla, que me dejó con el alma helada y el corazón interrumpido: qué se resquebrajaba ahora por dentro de mi cara, de mi piel y avanzaba quedo pero seguro hacia el borde del precipicio de mi mandíbula: qué parte de mí huía así de mí: cómo pensar siquiera en la posibilidad de reaalizar un primer movimiento de inspección de los hechos, con el que restablecer un mínimo plan de acción, ante el impertivo categórico de la harpía: “no mueva para nada la cara, ni se ría, ni nada”; abrir aunque sólo fuera un ojo y escrutar con él de algún modo, en la oscuridad mortuoria de la cámara, si aquello que comenzaba a desprenderse de mí era ajeno a mí o parte consustancial de mi mismo, la misma mascarilla reblandecida por ejemplo antes d etiempo o lo que bajo la mascarilla subyacía, capa superficial o profunda de mi incomparable faz. Vino, pues, a los gritos más del espíritu del aterrado que de la materia la pérfida, y dictaminó concisa tras una breve inspección del terreno: “no es nada: se ha caído el algodón que pusé en sus ojos para descansar”.

A.A.
 

insultos al director

NO ME HACE GRACIA
Despreciable director:

Me decido a malgastar cinco pesetas en sellos de Correo y contribuir así a que la burocracia siga superviviendo (super) gracias a mí, porque tengo un dilema mental que me sume en las tinieblas de la duda y del remordimiento (y quién sabe si del masoquismo).

Ocurre que, desde la aparición del primer número de esta revista de indios, un servidor las ha estado comprando todas y ¡Hélas! no sin pesar mío he llegado a la conclusión de que no me hace gracia, y a decir verdad no sólo eso, tampoco me informa ni me instruye acerca de nada nuevo, ni me reafirma en mis principios vitales.

Entonces, como comprenderá Vd. (espero), he sucumbido a una feroz comedura de coco, llegando a la konklusión de que muy probablemente la estuve comprando por puro chauvinismo, quizás para reafirmarme izquierdosamente o para vacilar de moderno porque es el último bodrio supuestamente progre que ha salido al mercado.

El caso es que tal situación me resulta insoluble y la única alternativa que se me presenta es preguntarle si... ¿Pueden devolverme la pasta, que yo os devolveré las revistas a contrareembolso? Dense prisa en responderme que el rollo de papel higiénico de casa se está acabando.

JUAN MARCHA

Iruña, 21 de Abril 89.

Ya que en este momento está recargando la pelotera –es que llevamos unos días que no hay quien pare-, aprovecho los escaos segundos de paz que tengo para comunicaros que aunque en la última carrera he perdido el Euskadi Sioux número 5, no me importa nada puesto que era una KAKA. Adiós.

IÑAKI