En 1872, en un intercambio cultural de ayuntamientos, el alcalde de la Isla de Pascual regaló a la ciudad de San Sebastián la estatua del Sagrado Corazón de Jesús. Eso fue en Enero.
Cuando vino Septiembre, dijo en un discursito que la mole era la esencia del espíritu del 20 de Noviembre, del 13 de Marzo y del 1 de Octubre.
La corporación donostiarra correspondió al obsequio con un joyero de conchas que los isleños conservan en el Museo Nacional de la Amistad y la Cooperación entre los Pueblos.
Matxinbarrena fue el primero que lo vió esa mañana de Enero y parece que dijo: ¡Kontre!
Así pasaron los años, con pocos altibajos. La corporación ponía los focos para iluminar el monumento por la noche y los chavales del puerto se los llevaban por el día.
Hoy, libre ya la ciudad de su bendita presencia, podemos decir que la idea de vestir al Sagrado Corazón de Caperucita Roja partió precisamente del Jurado del Segundo Gran Premio de Pintura Vasca. Las cosas se complicaron en el banquete, a las copas. En la tercera de Magno, la parte del jurado mayormente sucursalista, que siempre ha de haber, cantando aquéllo de
Suave
que me estás matando
que estás acabando
con mi corazón
yo quisiera haberte sido infiel
cha cha cha, etc.,
creía tener ganada la partida en el disfraz de Caperucita, aunque tampoco les disgustaba el de Superman.
No se rendían los más abertzales, que proponían como más propio del lugar el traje de poxpoliña, o en su defecto y para disimular, de Iñude.
Estos, más apegados al sol y sombra, entonaban la patriótica que dice:
Nadie en el Basque sabía
quién era aquel legionario
que cruel y sanguinario
a Caretxe le mordió...
A pesar de lo cual no prosperaron.
Por eso el año siguiente ya tenían otros planes. No crean, en realidad, el Jurado del Tercer Gran Premio de Pintura Vasca hizo como que hací apero lo que se traía entre manos era un proyecto de la Central de Cálculo de la Universidad de Oklahoma para poner en marcha el ingenio: la estatua del Sagrado Corazón de Jesús quedaría pulverizada por una carga de 200 kilos de nitroglicerina lanzados desde una catapulta situada en la Calle Urbieta, cruce con la Avenida. Luego crecerían margaritas.
Vinieron los técnicos americano, aunque el jurado seguía con discrepancias en lo musical. Unos decían que la gramola de los Relojes de la Concha amortiguaría el golpe con habaneras mientras la población se tostaba en la playa; los otros estaban convencidos de que una de rock puro era lo propio.
No fue necesario. Un coleccionista de Sidney llegó a tiempo de comprar la estatua para su jardín. Se la quería llevar con monte y todo, el muy borde.